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LA OVEJA NEGRA
La prudencia tiene ojos y lengua, eso nadie puede dudarlo. Lástima que casi siempre ande cabizbaja y bale en chino. Esta pudiera ser la introducción a la historia de la oveja negra, precisamente escogida por el tigre para apoderarse del rebaño. Resulta que como por el colorido oscuro recibía los topones de sus compañeras y la propia madre parecía quererla menos que a las blancas, esta ovejita tonta vivía amargada y resentida. Por eso le quedó sonando lo que le dijo el tigre, deslizado un atardecer hasta el tunal o conjunto de tunos en donde nacía la "mana", de modo que el agua y la fresca sombra formaban un bebedero incomparable. – Ovejita triste: para soportar golpes y desprecios, mejor estarías en los cerros, sin pastor que te trasquile y sin colegas blancas que te joroben la vida. – Pero si yo me fugo de aquí, me vas a comer en cualquier matorral. – Ovejita mal pensada –contestó el felino, haciéndose el disgustado–. Inténtalo y te convencerás de que nunca has tenido mejor amigo, te doy mi palabra. Además, para tu tranquilidad te informo que la carne de cordero se me indigesta: lo mismo debe pasar con la de oveja. Entonces la ovejita negra pensó que aquella propuesta se la hacía, de la mejor buena fe, un poderoso señor, instalado en espléndida casa, a la entrada del páramo. Y ya sin la menor desconfianza, se escapó del corral de tablas y del potrero cercado con alambre de púas, y se perdió en los charrascales del cerro en donde, en verdad, no escaseaba el pasto. Las primeras noches tuvo miedo de la soledad y del tigre, pero después de una semana comenzó a gozar de los privilegios de su nueva vida. Saltaba alegre debajo de los tunos, se echaba al sol en los gramales, se quedaba dormida junto a la quebrada, oyendo el rumor del agua, y se paraba a balar en lo más alto del cerro, como proclamándole al mundo su contento. Una mañana se encontró con el tigre, que la saludó de esta manera: – Buenos días, doña ovejita distinta. Y te digo así porque en poco tiempo de buena vida eres realmente otra. Antes impresionabas por lo flaca y desmirriada. Ahora luces gorda, imponente, hermosa. Además de que en el balido se te notan la salud y el buen genio. – En realidad me siento distinta de lo que era –contestó la oveja. Y eso, ¿a quién se lo debes? – A ti, buen amigo. – Es apenas justo que lo reconozcas –observó el tigre–. Y agregó: – Valdría la pena que te vieran las otras ovejas: las que se quedaron en el fétido corral. – Estoy seguro de que se morirían de envidia. No se necesita mucha malicia para adivinar que esa misma tarde la oveja fue a visitar a sus antiguas compañeras, sin pasar, naturalmente, la cerca de púas. – ¡Qué llena y fuerte estás! –le dijo la oveja que más la mortificaba con los topones. – Es increíble tu cambio –le confesó la oveja madre–. Me parece que ahora eres la mejor de la familia. – ¡Qué doncellota estás! –fue el piropo del carnero que nunca antes había puesto en ella los ojos. – Que te ves muy bien ni lo dudo, observó la oveja de ojos claros que por el exceso de lana era llamada La Mechuda. Ahora, lo importante es saber a qué se debe tan ventajoso cambio. – A la vida libre del cerro, a la hierba fresca y al agua limpia disfrutada a voluntad, explicó la oveja. – Y ¿el tigre? –preguntaron con afán más de dos baladoras a la vez. – Esos temores los han creado los chismes del pastor, para que no nos alejemos del potrero –respondió la aventurera–. Puedo jurar que el tigre es un buen amigo nuestro. Si les dijera que justamente es él quien me indica en dónde están los mejores pastos, ustedes no lo creerían. – La conducta del tigre con nuestra hermana negra me parece bastante sospechosa. Yo no me movería de aquí –afirmó La Mechuda, cuyos reparos pusieron recelosas a muchas ovejas. Habló así, entonces, La Motosa, la de los rulos en la lana, que por continuo mirar a las lejanías de los páramos tenía fama de clarividente: – No niego que el tigre sea uno de los riesgos de la libertad: pero, ¿qué es preferible: la pradera abierta con tigre o el corral perpetuo? Después de este concepto, la oveja negra no tuvo necesidad de aclarar que al tigre le hacía daño la carne de cordero, porque dejando a La Mechuda con su desconfianza, el resto del rebaño atropelló la cerca dé alambre y se perdió por los cerros en busca de pastos en flor. No es difícil imaginar que las ovejitas estuvieron muy contentas durante los primeros días de hierba fresca y de libertad; pero no así cuando comenzaron a notar que ciertas madrugadas desaparecía una de ellas y cada vez el tigre se volvía más gordo y dormilón. P.D A veces necesitamos Tigres que nos ayuden a seguir adelante, dedicado a todas aquellos por los que lucho a diario A.R.
La Estufa

Otro maldito día de lluvia. Y lo peor no era eso. Antes, o al menos eso creía recordar, le gustaban los días de lluvia. Le gustaban porque al llegar a casa o al Baklava sentía como si fuese un marinero que llegase a puerto, y el frío pasado debajo de la lluvia desaparecía al entrar en el calorcito propio del hogar. Pero en su casa no había estufa, y ya no hacía calor. Y al Baklava no podía ir desde hacía unos días. Debía ser eso por lo que ahora ya no le gustaban los días de lluvia. La humedad y la tristeza le calaban los huesos.
Desde la sucursal del banco a su piso había como diez minutos andando. No estaba mal, la mayoría de la gente no tiene esa suerte de vivir cerca de su lugar de trabajo. Pero los días de lluvia esos diez minutos se transformaban en veinte o más. Parecía que no iba a llegar nunca a casa, que se perdería bajo la cortina de agua y nunca encontraría su hogar. La gente que, como él no llevaba paraguas, corría bajo la lluvia. Pero él no. Pepe consideraba absurdo correr, se iba a mojar igual y encima llegaría agotado y sin aliento. Antes de que todo pasara, ¿corría él bajo la lluvia o iba como ahora, resignado y caminando? Había un millar de detalles insignificantes que había olvidado. Si quería o no leche en el café, si le gustaba el negro o el gris o el azul para ir a trabajar, lo que pasó aquella noche antes de despertar en el hospital… Había muchas cosas que había olvidado. En cambio recordaba con toda nitidez otro tipo de cosas. Podía recordar a sus padres, que hacía años que ya no vivían; como hacer su trabajo en el banco y como ejecutar cualquier tarea sencilla o complicada; jugar al billar, como se llamaba el camarero del Baklava, que apenas lo veía entrar le preparaba su ron con cola…
- Tiene que trabajar mucho antes de recordar. No es tarea fácil. Así que es mejor empezar por las cosas pequeñas. Como el color de los trajes. ¿Ha contado cuantos trajes de cada color hay en el armario? Si hay más grises que azules eso puede ser porque a usted le gustaba el gris para ir a trabajar.
Eso se lo había dicho el hombre de la bata blanca al que Pepe iba a ver todos los viernes por la tarde. Lo conoció en el hospital, antes de irse. El hombre lo visitó y le dijo que era psiquiatra. Al parecer Pepe le debía a ese psiquiatra que le reincorporasen tan pronto al trabajo. Pero a cambio le pidió a Pepe que lo visitase en el hospital todos los viernes por la tarde, porque tenía un gran interés en saber todo lo que Pepe no recordaba. Al principio Pepe iba porque el hombre de la bata le parecía atractivo. Luego supo que no tenía oportunidades con él porque tenía en la mesa de su despachito una foto con su mujer y sus hijos. Pepe siguió yendo porque era la única cita que tenía a la semana con un hombre, y era un hombre amable que no se escandalizaba con nada de lo que le contaba Pepe, como su primera vez en el servicio militar, o sus sueños eróticos cada vez menos constantes. El hombre no se inmutaba al oír nada de eso. Anotaba cosas en una libreta y sonreía a Pepe dándole ánimos para continuar cuando el se atascaba en sus palabras.
Aunque la gente lo llamaba psiquiatra o psicoanalista, Pepe prefería llamarlo el hombre de la bata blanca, y le gustaba imaginárselo como un científico misterioso, nadando con su bata puesta por el interior del cerebro de Pepe, buscando sus recuerdos olvidados.
Pero hoy era miércoles y Pepe no tenía que ir a verlo. Le dijo un día que si Pepe lo necesitaba con urgencia podía llamarlo a un busca. Pero Pepe no quería molestarlo. A lo mejor tenía que ir a un centro comercial con su mujer y los niños, y no quería enturbiar la paz familiar del hombre de la bata blanca.
Al fin llegó a su portal. Subió hasta su piso: el tercero C. Abrió la puerta. Qué frío hacía. En su piso hacía bastante frío. Pero él no se decidía a comprarse una estufa. Hacía unas semanas, alguien del banco, con una mezcla de curiosidad y morbo en su cara, le había dicho a Pepe que se comprase una estufa para mitigar el frío. Por la tarde Pepe fue a una tienda de electrodomésticos a comprarla. Pero al pararse frente al escaparate, y ver todas las estufas en línea con sus precios de cartón y letras rojas, a Pepe le entró una tristeza infinita. Una tristeza que le atenazó el pecho. Y no pudo comprar la estufa que necesitaba.
Se lo contó al hombre de la bata blanca.
- No sé porque Daniel, mi compañero del banco, insistió tanto en lo de la estufa. Luego por la tarde fui a la tienda, pero no pude comprarla. Me invadió la tristeza y el dolor. No lo entiendo. Cuando era pequeño me gustaban las estufas. Recuerdo a mi madre y a mi padre, junto a una estufa pelando castañas para mí los días de lluvia. Eso es bueno. Pero ahora si veo una estufa me pongo triste, como si estuviese sólo en el mundo.
- Pues no la compre. Aún es pronto y ya le he dicho que es mejor recordar otras cosas antes. Olvide lo de la estufa y no haga caso a la gente. Si tiene frío, coja usted una manta y envuélvase en ella. Yo lo hago por la noches, en el sofá para ver la tele. Hay que ahorrar energía también. Olvídese de la estufa de momento y piense en lo que le dije de las tostadas. ¿Sabe ya si le gustaban más con mermelada de fresa o de melocotón?
Y eso hizo. Cuando hacía frío se envolvía en una manta y se tiraba en el sofá a ver la tele. Horas y horas. Hasta que se hacía de noche. Cenaba y se iba a dormir, derrotado por ver que el mundo seguía poblado de malas noticias. Pero otras noches se negaba a dormir tan pronto. Y entonces bajaba al Baklava: un bar frente a su casa. Allí se estaba bien y no hacía frío. El camarero además lo conocía de siempre, y cuando Pepe entraba se apresuraba a prepararle un ron con cola.
- Este me lo han traído de Cuba, te va a encantar. Es muy dulce.
Y si no tenía mucho trabajo, se sentaba con Pepe y se ponía a hablar del tiempo o del fútbol. Al parecer Pepe antes adoraba el fútbol, pero ahora lo encontraba aburrido. No obstante hablaba de fútbol si hacía falta, porque era mejor hablar de eso que de nada. Así que se tragaba partidos enteros para tener tema de conversación con el amable camarero del Baklava. Extremadamente amable, diría Pepe. Como si se estuviese disculpando por algo. Tal vez el camarero sabía algo que Pepe había olvidado…
Un día, el camarero le presentó a alguien. Se llamaba Ernesto y también quería hablar de fútbol. El camarero lo conocía porque era el barrendero del barrio. Y al parecer Ernesto también iba al bar para huir de su casa. No porque hiciera frío, sino porque su esposa lo había abandonado para irse con uno de sus amigos, y la casa se le hacía grande desde entonces.
Ernesto era un tipo sencillo y cordial. Tenía una sonrisa bonita. Y a Pepe le encantó poder hablar con alguien más que no fuese el camarero o el hombre de la bata blanca. Aunque fuese de fútbol.
El viernes anterior al miércoles lluvioso, Pepe regresaba de ver al hombre de la bata blanca y se topó con Ernesto.
- ¿Qué tal tío? Dime por favor que no trabajas mañana…
- Pues no
- Genial. Es mi cumpleaños y estoy solo. He hablado por teléfono con mi madre y me ha embajonado bastante. Que si ya te dije que ella no te convenía… Bueno que estoy solo. Si no tienes nada mejor que hacer, vente conmigo al Baklava y te invito. Voy a comprar una botella entera de ron para los dos, ¿qué me dices?
- Pues claro, no te iba a dejar solo. Y además en tu cumpleaños… Por cierto, felicidades. Pero no tengo nada para regalarte, no lo sabía…
- Tu compañía es mi regalo, Pepe. Eres un buen tío, no le pido yo hoy nada más a la vida.
Y entraron el bar. Por primera vez la conversación no solo giró en torno al fútbol. Derivó al trabajo tras la primera copa. Y luego al frío y a la soledad. Había empezado a llover aquel viernes en la tarde noche. Y desde entonces no había parado, pensaba Pepe, en su piso frente a un paquete de arroz tres delicias congelados.
La conversación con Ernesto se hizo cada vez más íntima. Aunque sólo hablaba él. Pepe le escuchó decir como se enamoró de su mujer siendo adolescente. El viaje de novios a Cancún. Todos aquellos años con ella, esperando un hijo que nunca llegaba… Y como ahora ella se había largado con un amigo de Ernesto dejándolo totalmente abatido.
- Pero ahora ya, ¿sabes qué te digo?, lo estoy superando. Lo sé. Me siento más fuerte. Voy a ahorrar para irme otra vez a Cancún este verano. Lejos del frío de aquí. Y si quieres te vienes. ¿Has estado? Aquello es el paraíso… Y a ella que le den… Eso, que le den a ella y a todas, las mujeres. Que sólo traen quebraderos de cabeza… Que si he engordado y no me está bien la falda y necesito una nueva… Que si he adelgazado y no me está bien los pantalones y necesito unos nuevos. Siempre igual. Son adictas a la ropa y son incapaces de querer a nadie. Para mi están todas muertas y enterradas… Mi escoba tiene más valor para mí que ellas, mira que te digo: ella me da dinero y no me lo quita.
Pepe lo oía desvariar riendo, porque Ernesto también se reía al decir esto. Se había acabado el ron, y el bar estaba cerrando.
- En mi casa si quieres, tengo otra botella… Y si quieres comemos algo… Yo no he cenado…
- Pues no sabes como te lo agradezco… Mira como llueve, ¿todo eso es agua o es que estoy borracho y me lo estoy imaginando?
- Está lloviendo de verdad… Si te apetece te puedes quedar a dormir en el sofá. No deberías conducir así. O si no quieres puedes llamar a un taxi, eso ya tú…
- Pues mira, tal vez me quede, la verdad es que no debo conducir. Y nada. Me encantan estás noches de "solo tíos". Desde que me casé rara vez pude hacerlo. Así me enseñas los videos esos que tienes grabados del mundial del 86.
Al salir, ninguno de los dos llevaba paraguas. Ernesto se quitó el abrigo y lo puso alrededor de los dos a modo de tienda protectora.
- Agárrate a mi hombro, si no te vas a poner perdido.
Cruzaron la calle, Ernesto se reía de un chiste que había contado Pepe sobre paraguas. Pepe lo vio reír y no pudo más. Quería absorber aquella bonita sonrisa de Ernesto, hacerle entender que le gustaba verlo reír. Se lanzó hacia él buscando el beso.
- Pero… bueno…quita de encima so maricón… ¿Qué coño te has creído?
Ernesto golpeó a Pepe en la cara y se le echó encima, tirándolo al suelo, para seguir golpeándolo con saña. Y fue entonces cuando a Pepe se le vino, por una décima de segundo, una imagen como en un fotograma: era una estufa que le lanzaban a la cabeza.
Pero la imagen no duró mucho. Luego todo pasó muy rápido. El camarero del Baklava, que estaba cerrando la puerta del bar, cruzó corriendo la calle y agarró a Ernesto, que seguía golpeando a Pepe. Tras algún forcejeo, los separó. Luego, los tres se miraron sin decir nada. Pepe se levantó del suelo, empapado y se fue, en silencio, sin querer mirar atrás.
- Ven conmigo al bar. Tengo algo que contarte.
- Pero tú has visto…
- Ven conmigo he dicho.
El camarero se sentó en la barra y encendió un cigarrillo. Ernesto se quedó mirándolo estupefacto.
- Hace un año más o menos, Pepe vino al bar y conoció a alguien… Era ya cliente asiduo, pero siempre estaba solo, aunque a veces jugaba al billar con alguien…
Y luego, el camarero se puso gris, no era su cara, eran sus palabras: una historia triste. Pepe había conocido a alguien jugando al billar. Un chico joven y guapo… Pero no parecía trigo limpio. Siempre era Pepe quien pagaba las rondas. Pero el camarero jamás le comentó nada a Pepe porque no quería meterse en la vida de sus clientes.
Un día, Pepe y el chico joven decidieron irse a vivir juntos. Al piso de Pepe. Y lo celebraron en el Baklava emborrachándose. Pepe parecía tan feliz… Estaba enamorado.
Tres semanas después, apareció brevemente en algunos periódicos en la sección de sucesos una noticia de robos. A Pepe lo habían encontrado casi muerto en su piso. La puerta estaba abierta. Se habían llevado dinero que Pepe guardaba en una caja fuerte, un equipo de música, incluso algunos muebles… El salón estaba casi vacío, salvo por una estufa ensangrentada junto al cuerpo de Pepe.
Algunos días después, Pepe despertó en el hospital. Le diagnosticaron amnesia parcial. Al parecer no recordaba nada de aquella noche. Ni tampoco recordaba al joven que se fue a vivir con él. Recordaba casi toda su vida anterior. Pero tampoco recordaba pequeños detalles que antes le hacían feliz: cual era su color favorito, que le gustaba poner en su tostada por las mañanas… Los médicos dijeron a la policía que era peligroso hacer recordar todo de golpe a una persona que había sufrido un trauma. Así que dejaron a Pepe en paz y no le preguntaron por lo sucedido. Se limitaron a llevarse la estufa como presunta arma homicida y cerraron el caso en espera de más pruebas. Del joven guapo nunca se había vuelto a saber nada.
Tras oír eso Ernesto se sintió mal. Muy mal. Quiso decir algo al camarero. Algo como yo no odio a los gays o yo solo me sentí un poco amenazado… Pero no dijo nada. Le faltaban las palabras y le comía por dentro la vergüenza. Se levantó y se fue. A ver si había suerte y encontraba algún otro bar abierto.
Cinco días después, Pepe estaba frente a una sartén preparando arroz tres delicias. Los trocitos geométricos de guisante, jamón y zanahorias crepitaban al contacto con el aceite caliente. No le entusiasmaba demasiado aquella comida, pero era fácil y rápido. Seis minutos en la sartén.
Fuera seguía lloviendo. Y no parecía que fuera a parar. Era miércoles. Otra vez pensó en llamar al hombre de la bata blanca para contarle lo sucedido el viernes pasado, pero… No podía hacerlo. Esperaría a que fuese viernes.
¿Qué haría aquella tarde? Podía ver algún partido de fútbol si había alguno o ver las grabaciones del mundial del 86. Aunque, no quería volver por el Baklava, así que tampoco tenía mucho sentido tragarse un partido. ¿A quién le iba a hablar de fútbol ahora?
Así las cosas, tras comer su arroz tres delicias, Pepe se envolvió en la manta, aterido de frío, y bien envuelto se tumbó en el sofá para ver la tele. Había una telenovela mejicana. Era mejor que nada.
El Tanga Rojo
Después de todo, pensaba Martín mientras subía a su avión, nada le había ido mal en la vida, y a partir de ahora todo le iba a ir mejor. Y la muñeca de trapo que había comprado en el "duti-free", parecía darle la razón con sus ojos de botón negro azabache y su sonrisa artificial atada a un hilo rojo.
No podía quejarse. A sus treinta y cinco años tenía el trabajo que siempre había soñado en una gran empresa de publicidad creando constantemente milagrosos eslóganes y anuncios que hacían incrementar las ventas de las mejores empresas del país.
Luego estaba su casa: aquel magnífico piso, tan luminoso y céntrico, y con su bonita terraza con vistas de campanarios y tejados de antiguos caserones. Y su coche, que ya tenía tres años y jamás lo había dejado tirado, ni una sola avería en todo ese tiempo.
Pero lo mejor de todo, su pequeña joya, su tesoro más preciado… Pepa, su esposa. Aquella belleza rubia que decidió dejar su carrera a un lado para entregarse a la de su marido y a su hogar. En la Facultad, Pepa había sido la chica más solicitada, pero eligió a Martín. No a otro, si no a él.
Pepa era cariñosa, inteligente y siempre esperaba a Martín con la cena lista y una cerveza fresquita sobre la mesa.
- ¿Ya ha llegado mi niño? Toma, tu cervecita.
Pepa además era hermosa y de semblante virginal, como la Venus de Boticelli, con sus bonitos ojos almendrados y la piel suave y blanca como una vela.
Un año antes del momento en que Martín pensara en todo aquello mientras subía al avión, él no estaba tan seguro de que todo fuera tan maravilloso, sentía dudas, como si le faltase algo que le diera sentido a su vida. Ni si coche le parecía tan bueno, ni su piso tan luminoso, y en el trabajo empezaba a flaquear. Llevaba ya tres años casado y se aburría y empezaba incluso a detestar la compañía de Pepa, y su “ya ha llegado mi niño” lo ponía nervioso y le hacía sentirse asqueado. Por suerte, Pepa no se quejaba nunca de nada, aunque notase a su marido hosco y malhumorado.
Entonces surgió algo que le dio a la rutina diaria de Martín el toque picante que su vida necesitaba. Había una empresa en Santander dedicada a la elaboración de conservas de pescado que necesitaba un impulso, pues las ventas decaían día tras día. Contrataron los servicios de la empresa donde trabajaba Martín, y el elegido para crear la campaña de marketing fue él. Este, tras analizar la situación de la empresa decidió que lo mejor era impulsar las ventas poco a poco, desde los supermercados, antes de lanzar el producto a la televisión a través de una agresiva y atrayente campaña.
La campaña era tan meticulosa y difícil que se decidió que, de forma indefinida, Martín viajaría a Santander una vez por semana a Santander, donde tenía la sede la empresa conservera. La campaña de marketing afectaba de manera directa a la frágil economía de la conservera, y por tanto, era vital que Martín supervisara la inversión tanto en su estrategia como en su contabilidad.
Así fue como se decidió que Martín viajaría todos los lunes a Santander, y volvería a ser posible el mismo lunes por la noche, o bien, si el trabajo se alargaba, el martes por la mañana en el primer vuelo.
Al principio Martín se tomó a mal el cambio. No le gustaba dejar sola a Pepa. Y pensaba que aquella cuenta no era tan buena, no era una de las grandes cuentas que a él tanto le gustaba. Pensaba que tal vez en el trabajo lo estaban castigando porque últimamente estaba desganado y no confiaban demasiado en él.
Pero luego llegó a Santander y conoció a Amparo. Era la hija de los dueños y llevaba la contabilidad de la empresa. A nivel laboral, a Martín le pareció una joven muy eficiente, y le supuso un alivio encontrar a alguien tan profesional tratándose de una empresa tan pequeña. Además era guapa y estar con ella resultaba agradable. Amparo era discreta y amable, pero también reservada y puntillosa. Sabía exactamente cuánto dinero se podía gastar en publicidad y cuanta imaginación le podía sacar a Martín por el mínimo precio.
Una tarde que el trabajo acabó pronto, Amparo propuso a Martín que tomaran café en la cafetería del hotel donde Martín pernoctaba las noches que tenía pasar en Santander.
Amparo pidió café solo y se quitó el pañuelo que llevaba al cuello dejando entrever un amplio y hermoso escote lleno de pecas. Martín de pronto descubrió que además de la hija del jefe, Amparo era una chica esbelta como un junco, con puntiagudos senos y una melena roja como un incendio forestal.
- Las ventas han mejorado mucho desde que papá me hizo caso y os contrató. Sobre todo desde que lanzamos el spot en el canal regional, ¿no crees?
- ¿Cómo dices?
- ¡Uy, que alelado estás! ¿No oyes lo que te digo?
Las cosas pasaron muy rápidamente. Parecía que sólo había pasado un instante desde
que Martín descubrió que no podía apartar los ojos del escote de Amparo y de pronto ella estaba en su habitación del hotel, desnuda sobre la cama, intentando atarle las manos con el pañuelo que antes llevaba al cuello.
Y desde entonces Martín siempre buscaba un pretexto para pasar la noche en Santander. Su apatía anterior desapareció y todo parecía tener sentido de nuevo. El invierno que siempre se le hacía tan largo y frío se hacía acogedor con sólo pensar en su hotelito de Santander.
Pepa no advirtió nada, sólo lamentaba que Martín tuviera que dormir una noche fuera, pero lo comprendió porque Martín había conseguido aumentar las ventas de la empresa de Santander y seguro que eso incentivaría la carrera de su marido. Y al fin y al cabo, pensaba la pobre Pepa, sería una situación temporal.
Pasó el tiempo y llegó el verano. En Agosto, Martín se tomo sus merecidas vacaciones y se fue a un pueblecito de playa del sur con Pepa.
Martín empezó el verano dándose cuenta de que no añoraba a Amparo. Aquella mujer con aquello caprichosos juegos sexuales se le antojaba ahora como parte de su vida laboral, y ahora él estaba en el mar, descansando de todo aquello que le estresaba ¿Tenía estrés? Ahora se daba cuenta de que sí.
Luego se reencontró con Pepa, cariñosa siempre, juguetona como una niña en la orilla del mar, y bonita hasta la saciedad. Los encuentros sexuales con Pepa eran tan ensoñadores como el atardecer de una postal de la Polinesia: pacíficos y relajantes. Nada que ver con la agresividad de Amparo.
Al terminar el verano, Pepa dijo las palabras mágicas:
- Estoy embarazada. De dos semanas.
Y ya todo cambió para Martín. Decidió dejar la cuenta de Santander, ya no hacía falta que fuera todos los lunes: las conservas se vendían solas por todo el país porque la campaña de marketing había sido todo un éxito. Y si alguien tenía que ir a Santander por cuestiones de papeleo, que se buscaran a otro. Él quería estar junto a Pepa, vivir la dulce espera del bebé, y olvidarse de Amparo con la misma facilidad que muchos olvidaron en los ochenta el hecho de haber utilizado pantalones de campana una década antes para cambiarlos por pantalones pitillo.
- No hay problema Martín, - dijo su jefe- te entiendo perfectamente. Tú tienes que estar junto a tu mujer, y para lo de Santander ya tengo sustituto. Como tú dices, no creo que tenga que ir todos los lunes, con que vaya una vez al mes o cada seis semanas será suficiente.
- Me alegro que lo entienda.
- Claro, hombre, claro. Además tenemos grandes proyectos aquí para ti. Pero tengo que pedirte un último favor: Ginés Romero llevará la cuenta de Santander ahora. ¿Te importaría viajar el lunes con él? Sólo para presentarlo, sería la última vez. No quiero que en Santander se crean que les envío un sustito cualquiera porque ya no me interesa la cuenta.
Martín no tuvo más remedio que aceptar. Pero fue más difícil de lo que pensó. Fue horrible aguantar la mirada de Amparo mientras le presentaba a su suplente, y más horrible fue cuando el padre de Amparo felicitó a Martín por su próxima paternidad delante de todos, incluida ella. Luego hubo un incómodo almuerzo de trabajo en el que se volvió a brindar por el futuro papá. Martín fue incapaz de mirar a Amparo a la cara durante todo el tiempo que duró el almuerzo.
Por la tarde, el suplente de Martín se quedó en las oficinas conociendo al resto del personal y Martín se marchó pretextando querer llegar a su casa antes de la cena, para la cual quería coger el próximo avión. Amparo salió tras él cuando todos la creían en su despacho.
Lo paró en medio de la calle:
- Te vas sin despedirte, ¿eh? Eso no se le hace a una buena amiga.
- Tienes razón, sería muy ingrato por mi parte.
Y Martín se dejó llevar como un colegial al hotel de siempre. Pero una vez en la habitación, Martín empezó a encontrarse mal. Sudaba compulsivamente, y cuando vio a Amparo tumbada en la cama con tan sólo un diminuto tanga rojo, se sintió realmente mareado. Al mirar a Amparo, aquel cuerpo que tan bien conocía y que nunca pareció ocultarle nada, Martín sintió la absurda sensación de que los pezones de Amparo se reían de él, se estaban burlando de la inquietud de Martín que era incapaz de tener una erección.
- No puedo. Amo a Pepa y todo esto me hace sentir muy sucio… Por favor Amparo, no insistas, soy incapaz.
- Bueno, no te pongas así. Vamos, date una ducha mientras yo me visto.
Así tendrás tiempo de sobra de coger el vuelo de las seis.
Y para alivio de Martín, Amparo cubrió con su blusa los pezones que ya se carcajeaban abiertamente de él. Pero Amparo no parecía estar enfadada, sino todo lo contrario. Se mostró comprensiva todo el rato y volvió a insistirle en que se diera una ducha. “Hasta con la amante he tenido suerte”, pensó Martín.
Salió de la ducha completamente relajado. Amparo se despidió con un beso, desprovisto de toda intención, en la mejilla. Y se prometieron intercambiar correos electrónicos de vez en cuando.
¡Qué fácil había sido todo! Y qué bien se sentía ahora. Y Pepa que lo estaba esperando, y la vida que era maravillosa… Al pasar junto al duti-free del aeropuerto, Martín vio una graciosa muñeca con ojos de botón y una curiosa sonrisa conseguida con un simple zurcido de hilo de lana rojo. A Pepa le encantaría, Martín recordó una foto de ella cuando era pequeña con una muñeca parecida.
El tiempo que duró el trayecto en avión, se le antojó interminable a Martín. Se moría de ganas por llegar a casa y sentir la seguridad del hogar. Ver que Pepa estaba junto a él en el sofá, ajena a las miserias de la vida y con su sonrisa perenne. No podía ser que todo le saliera bien a Martín. A veces se le venían a la cabeza los pezones sonrientes de Amparo, burlándose de su debilidad y de su sudor nervioso. Entonces le invadió un poquito de histeria: ¿Qué pensaría Pepa de él si lo supiera todo? Pero de pronto Martín posó su mirada en la muñeca de trapo, y está lo tranquilizó con su mirada de botón negro azabache y su sonrisa de hilo rojo. “Tranquilo” parecía decirle la muñeca, “las cosas pasan porque tienen que pasar. Ahora te toca ser feliz”. Martín pasó el resto del viaje más tranquilo y consiguió dejar de pensar en Amparo.
Al llegar a casa, y tal y como imaginó, allí estaba Pepa, en la cocina, sonriendo con la cerveza fresquita para Martín. “¿Ya ha llegado mi niño?” esta vez le sonó a Martín purificador como un coro gregoriano.
Pepa dio muchos grititos cuando vio la muñeca. “Qué bonita, como las antiguas”, dijo.
- Dúchate, que yo mientras te desharé la maleta. Qué bien que al final no tuvieras que dormir allí.
- Gracias cariño. No tardo nada.
Martín se duchó por segunda vez y salió del baño sintiéndose esta vez totalmente regenerado y limpio, ahora empezaba su verdadera vida. Estaba libre de toda culpa e iba a fundar una familia. No le podía pedir nada más a la vida.
Se dirigió a su dormitorio para coger un pijama. Y allí se encontró con Pepa, “casi” desnuda sobre la cama y con la muñeca en brazos. Lo que Martín no se imaginó nunca es que mientras él se duchaba en el hotel de Santander, Amparo metía su tanga rojo en la maleta de Martín. Y ahora Pepa se había puesto el tanga pensando que era otro regalo de su marido.
- Cariño, nunca me habías dicho que te gustara jugar a esto de las niñas malas. Ven aquí que te voy a enseñar algo que nunca te había hecho por pudor.
La voz de Pepa sonaba increíblemente adulta, parecía sacada de una película porno.
- Vamos, anímate hombretón, ven con la nena a la cama.
Martín sintió que su mundo se derrumbaba. Empezó a sudar compulsivamente, pero sabía que por mucho que se duchara, la sensación de suciedad nunca se iría de su cuerpo. Ya nada sería lo mismo nunca: Amparo había sabido vengarse.
Fue horrible: Martín miró directamente el cuerpo su esposa y vio como, claramente, los pezones de su esposa se reían con sorna de él, simulando una sonrisa cosida con lana de hilo rojo.
Pirata a las cuatro (El Quijote de San Fernando, Cadíz)

La música que acompaña nuestras vidas, a veces, es tocada por un alma divina que enaltece nuestro corazón y nos hace disfrutar del gozo de existir, y otras, un duendecillo travieso es el que se ocupa de trastear el mástil de nuestro cuerpo de guitarra ,frágil y melódica, trastocando de esta manera el resto de nuestra existencia. Es fácil perderse en un mar sin luna y sin estrellas, no recuperar el rumbo puede ser fatídico, y sin duda, zozobrar en medio de la tormenta podría ser sinónimo de tragedia.
Para Orfeo Enmalahora, era este el panorama al que se asomaba cada mañana al despertar. Como una mala sintonía televisiva la rutina se repetía día a día. El trabajo que su padre el Teniente Coronel Antonio Cagüenlaostia, le había ofrecido en la comandancia como pisapapeles del Centro de Estudios Marino se le atragantaba cada vez que pasaba por la gran puerta de entrada de la Base Naval. Su cometido consistía en una repetición de gestos interminables con el sello de la base y la ordenación de incalculables manuscritos sobre la importancia del sexo oral del delfín del Atlántico ,o al menos ,a eso le sonaban a él, todos esos asuntos sobre los que periódicamente hacia relación e inventario.
A Orfeo aquel trabajo se le antojaba a castigo, y de los malos. Suceso acaecido tras su negativa rotunda a engrosar las filas de merito de su honorable familia, que era tal como lo describía su padre, o lo que es lo mismo, a formar parte del ejercito. A él, eso de enrolarse en la marina le parecía un juego de “soldaditos” más que de personas con dos dedos de frente. Sus estudios de Filosofía ya le habían causado más de un disgusto con su progenitor, había pasado por el aro con lo del trabajo para evitarse mayores complicaciones, y así, poder salir del nido y empezar a volar por su propia cuenta. Pero una cosa era aceptar un trato, y otra bien diferente admitirlo de buena gana.
En estas cavilaciones y otras , ocupadas por las curvas de las secretarias del Centro, ocupaba nuestro personaje las mañanas hasta bien entrada la tarde. La cultura que su carrera y la vida le habían obsequiado, le permitía observar los acontecimientos que sucedía a su alrededor con cierto desdén, ya que la mayoría de los funcionarios y militares, carecían de su intelecto y lo que único que les vinculaba, a parte de su herencia militar y sus labores profesionales, era su amor por el mar, que en él, eran más una sana inclinación por las aventuras que en su niñez había disfrutado a través de los libros de piratería.






